-Y me viene a la mente decir algo que puede ser una insensatez, o quizás una herejía, no sé. Francisco, Jornada Unidad Cristiana. Fénix, 23-V-15
Hæc est hora vestra et potestas tenebrarum (Lc.22:53)

viernes, 15 de mayo de 2015

Dietrich von Hildebrand, 2

Jean-Paul Sartre, Paris, 1950


Tras la introducción, sigue una selección de fragmentos del artículo que da nombre al libro, The New Tower of Babel. El texto es anterior a 1950. La selección de fragmentos, su traducción y encabezamientos son míos:

1. El hombre moderno y la nueva fe: el rechazo de la condición de criatura

Hoy en día, la verdadera guerra está entablada entre el cristianismo por un lado y una profunda concepción anticristiana de la vida por otro. La lucha ha llegado a un punto decisivo, produciéndose un choque brutal entre dos cosmovisones que abarcan todos los aspectos de la vida y existencia humanas [...] Por lo que respecta a los enemigos del cristianismo, nuestra época actual [...] se define por una concepción sistemáticamente anticristiana en todos y cada uno de los aspectos de la vida.

La marca distintiva de esta crisis es el intento del hombre de liberarse de su condición de criatura, ignorando su naturaleza metafísica y desentendiéndose de toda relación con algo que le trascienda. El hombre moderno está intentando construir una nueva Torre de Babel (pp. 9-10).

Sartre dice que "El hombre no es otra cosa que lo que él hace de sí mismo", y afirma que éste es el principio básico del existencialismo. Para entender la postura de Sartre, hemos de entender que para los existencialistas el acto de existir antecede al acto de ser y que la voluntad irrestricta del hombre es la fuente de todo acto de ser. El acto de ser de un objeto no puede imponerse a la voluntad del hombre. Porque el acto de ser de un objeto consiste precisamente en ser aquello que el hombre quiere que sea. Así, la naturaleza del hombre no precede su voluntad. Su naturaleza es consecuencia de su voluntad. No existe nada que sea bueno o malo que nuestra voluntad pueda discernir y elegir. Existe nuestra voluntad que, con su decisión arbitraria, decide qué es bueno por el simple hecho de haberlo elegido.

La tesis de Sartre implica una negación radical de la naturaleza de criatura del hombre y, como tal, es una formulación teórica tajante del intento de construir una nueva Torre de Babel, un proyecto que hallamos en la base tanto de la autosuficiencia individualista como del colectivismo antipersonalista. Nos fijaremos principalmente en la autosuficiencia individualista porque su peligro resulta menos evidente que la visión del Infierno encarnada por el totalitarismo.

Esta autosuficiencia individualista se caracteriza por el rechazo a todo vínculo que nos una a Dios y a la ley moral. El hombre moderno afectado por esta perversión rehúsa acatar la voz de los valores, rendirse, someterse a algo por su naturaleza, por su nobleza y sublimidad intrínsecas. Respeto, obediencia y gratitud le son ajenos. No quiere renunciar a sí mismo; al contrario, todo se convierte en medio para su placer y satisfacción egoístas. Contempla el matrimonio como algo de lo que puede disponer según le plazca y no como un vínculo sagrado, algo sublime que está obligado a respetar. Contrae matrimonio y se divorcia como quien se cambia de guantes. En lugar de contemplar los hijos como un regalo de Dios, él mismo quiere establecer su número por medio de métodos anticonceptivos. Por un lado, cuando ya no las cree dignas de valor, se cree con derecho a acabar con su vida y con la de otros por medio de la eutanasia [y la eugenesia]; por otro, desearía poder olvidarse de la muerte -el tributo trágico e implacable de nuestra naturaleza de criaturas- tal y como se evidencia en los cementerios de Los Ángeles que Evelyn Waugh satiriza en su obra The Loved One (pp. 10-11).

2. Consecuencias de la nueva fe: relativismo moral y certidumbre científica.

Uno de los síntomas más llamativos del intento de negar nuestra condición de criaturas se refleja en la actitud que muchos adoptan en relación al conocimiento. Aquí nos tropezamos con una contradicción característica: por un lado, el relativismo filosófico común afirma como hecho evidente por sí mismo que no existe la verdad objetiva. Por otro, entroniza como fetiche a la ciencia. Por un lado, se niega radicalmente la existencia de la verdad. Por otro, se acepta la ciencia como autoridad indiscutible. Parece como si el odio contra la metafísica hubiera alcanzado un nivel de virulencia tal que los hombres estuvieran dispuestos a aceptar como cierta toda enseñanza procedente de un maestro que negara explícitamente la posibilidad de alcanzar la verdad objetiva como tal.

Está claro que la rebelión contra la verdad es principalmente una rebelión contra la verdad filosófica, contra la verdad en el campo de la ética, de la metafísica, de la epistemología. Es el odio a la verdad absoluta, que culmina en el odio a la verdad sobrenatural. Sin embargo, aquellos que lo albergan no se dan cuenta de que al negar la verdad objetiva en general, al negar la validez de las causas primeras, también socavan los fundamentos de la ciencia. Si no existiera la verdad objetiva, si fuera imposible realizar alguna afirmación válida, entonces la ciencia carecería de sentido, sería un alarde de ingenio vacuo, y no podríamos esperar de la ciencia ni información, ni la solución a ningún problema práctico. La lógica de los que así piensan parece basarse en una contradicción básica: que la ciencia ha demostrado que no existe la verdad objetiva (pp. 14-15).

El hombre moderno es un relativista que, orgulloso de su superioridad analítica en relación a la credulidad de los integristas de antaño, rechaza la idea de verdad objetiva; y, al mismo tiempo, con la mayor credulidad, supone que todo es accesible a través del estudio, y acepta como verdad absoluta todo lo enseñado por los relativistas. ¿Cómo explicar semejante paradoja...? En realidad, todas estas actitudes proceden de la misma fuente.

Contradictorias como son cuando profesadas por la misma persona, ambas actitudes dan testimonio del viejo dicho de que el hombre que se aparta de Dios inevitablemente cae presa de los ídolos. Aquel que quiere librarse del vínculo sagrado de la verdad absoluta cae en la red de la adoración más simplona, acrítica (por no decir supersticiosa), de opiniones sin fundamento. Aquel que huye de episteme (conocimiento) inevitablemente se convierte es discípulo de doxa (opinión).

3. Tres aspectos de la nueva fe: agnosticismo, progresismo y autosuficiencia.

En realidad, la negación de la condición de criatura del hombre es la raíz de la entronización de la ciencia, el conocimiento y el estudio [...] esta pasión por el conocimiento no procede de una verdadera ansia por la verdad [...] tiene más el aspecto de la afirmación de Bacon: "El conocimiento es poder" (Meditationes sacrae: De haeresibus) que de la pregunta de San Agustín: "¿Qué anhela el alma más ardientemente que la verdad...?" (Comentarios sobre el Evangelio según San Juan, 26:5)

Todos estos ejemplos concretos revelan la misma característica fundamental: el rechazo de la naturaleza del hombre como criatura, el rechazo de su naturaleza metafísica; en otras palabras, la apariencia ilusoria de una completa autosuficiencia por parte del del hombre.

Tres elementos principales caracterizan esta actitud básica [de rechazo del hombre moderno de su condición de criatura].

El primero es la negación de cualquier religio, de cualquier vínculo con una realidad objetiva que exija obediencia y sumisión, respeto a aquello que tenga verdadero valor; y, por encima de todo, el rechazo de someterse a Dios, la fuente última de todo bien. Ésta es una concepción desordenada, distorsionada de libertad. La libertad ya no constituye el disfrute del privilegio inefable concedido por Dios al hombre, el privilegio de poder acatar por medio del libre albedrío a Dios, Su ley eterna y Su voluntad, siendo capaz de responder libre y adecuadamente a todo aquel bien que posea verdadero valor; ahora, más bien, se toma como la posibilidad de seguir irreflexivamente las propias inclinaciones y apetencias.

El segundo es la creencia en la capacidad infinita del hombre para lograr cualquier cosa por medio de sus solas fuerzas. Está relacionado con la superstición del progreso automático de la humanidad, una superstición que sobrevive, de forma bastante sorprendente, a pesar de la decadencia de la humanidad que nuestra época muestra en tantos aspectos. El hombre moderno ha perdido esa conciencia de criatura que incluso los paganos tenían, y vive en el engaño de que por medio de sus capacidades es capaz de transformar el mundo en un paraíso terrenal.

El tercer elemento de esta actitud [de rechazo a su condición de criatura] está en su concepción distorsionada de felicidad -esto es, en la creencia de que el hombre logrará la felicidad en la medida en que sea capaz de controlar por sí mismo cualquier circunstancia de su vida [...]

4. La condición del hombre moderno: ser una pasión inútil, ser para la muerte.

Es evidente que este enfoque de vida [que rechaza su condición de criatura] es una perversión y un engaño. El hombre no es un ser autosuficiente. Sólo se puede entender su verdadera naturaleza aceptando su situación metafísica de ser ordenado a Dios (pp. 20-21)

Sartre niega que el hombre esté ordenado a Dios. Interpreta la trascendencia no como la capacidad de responder a Dios por el bien que constituye en Sí mismo [...] sino como la capacidad de recrear el mundo según su capricho. En lugar de libertad para adecuarse a la llamada de Dios a través de los valores que existen independientemente del hombre (y que le imponen, le guste o no, unas obligaciones), en vez de esta actitud fundamental de religio, la libertad sartriana consiste en la soberanía ilimitada de un ser que se constituye en señor absoluto de sí mismo (p. 23)

La visión moderna de la vida nos presenta una paradoja sorprendente: por un lado, el hombre rechaza aceptar su condición de criatura; evitando la sumisión a Dios hace de sí mismo el centro absoluto. Por otro, ya no se considera señor de la Creación tal como indica la Biblia. Al observar el universo a la luz de la ciencia moderna, se ve como un mero animal algo más evolucionado, ubicado y perdido en la inmensidad del universo, habitando un pequeño planeta secundario que llama tierra. Así, por una parte, se ve al hombre como un superhombre, infinito en su evolución, capaz de dominar cada vez más la naturaleza, cambiando "este valle de lágrimas" en un paraíso terrenal y, posiblemente, prolongando la vida de forma indefinida. Pero por otra, se niega su naturaleza espiritual, su capacidad de conocimiento objetivo, y su libre albedrío. Su vida se reduce al resultado de un cúmulo de procesos biológicos: el amor y la felicidad serían simples procesos glandulares. Desde un punto de vista racional, ambas perspectivas son irreconciliablemente contradictorias aunque, en última instancia, procedan de la misma perversión.

Cuando el hombre niega el mundo por encima suyo [...] cuando ya no acepta el destino que Dios le ha dado, cuando, muy al contrario, asume que su vida es simple resultado de un cúmulo de procesos biológicos, entonces la lucha para, a través de la ciencia, dominar todo cada vez más, para cambiar nuestra vida y situación en la tierra, es, ciertamente, un espejismo psicológicamente comprensible.

Pero es un espejismo trágico, porque [...] sólo quien aspire a ser siervo de Dios podrá entender el verdadero señorío del hombre sobre el universo. Sólo un hombre así podrá entender la estructura orgánica, el significado del cosmos y el papel que Dios le ha asignado: "Servir a Dios es reinar" (Postcomunión, Misa de la Paz) (pp. 41-43)

La reducción al absurdo de la autosuficiencia del hombre es evidente. El hombre que quiere ser amo de sí mismo, que rechaza la obediencia a Dios, que se cree capaz de llegar con sus propias fuerzas a un estado de armonía absoluta sin necesidad de Cristo, hace de este mundo un Infierno [...]

5. La verdadera condición del ser humano: ser una criatura redimida.

El problema real, la verdadera elección, no es entre los totalitarismos individualista y colectivista que niegan nuestra naturaleza de criaturas y son lógicamente ateos. Es la elección entre una vida verdaderamente humana [...] por un lado, y la actitud secularizada del hombre que vive dentro del espejismo de su soberanía absoluta por el otro. Es la elección entre un mundo sin Cristo y el mundo redimido por Cristo, en el que todo se fundamenta y ordena según la luz de Cristo.

En una vida verdaderamente humana, basada en la existencia del hombre como criatura, la libertad individual consiste en la posibilidad de someterse a Dios, a Su ley, y a las exigencias derivadas de los verdaderos valores. Una vida verdaderamente humana está dominada por una actitud de religio, por la seguridad de que "Dios nos creó y somos suyos" (Sal.100:3).

Es una vida organizada en torno a obligaciones, una vida imbuida con la seguridad de que todo bien que posea un valor cierto exige un compromiso proporcional, y que no depende de nuestro egoísmo caprichoso decidir si vamos a comprometernos como es debido, o no. Es una vida en la que aceptamos los dones de Dios con agradecimiento, reconociendo las obligaciones que acompañan a cualquier don verdadero: la obligación de apreciarlo y la de sacrificarnos para hacerlo fructificar.

Llevar una vida verdaderamente humana supone comprender que nuestra existencia no se basa en el ejercicio soberano de nuestras apetencias impulsivas, en el ejercicio de una plenitud autosuficiente, sino en la cooperación libre con los dones naturales y sobrenaturales que Dios nos ha otorgado [...]

Una vida verdaderamente humana implica la aceptación de nuestra dependencia absoluta de Dios, una vida con todas sus incertidumbres naturales, riesgos y sacrificios, en la que debemos confiar en la Providencia y no en nuestras propias fuerzas ni en un progreso automático de la humanidad; una vida en la que, en última instancia, la dicha y el triunfo son siempre un don de Dios, independientemente de lo grandes que hayan sido nuestros esfuerzos. Como dijo San Pablo, "Yo planté, Apolo regó, pero ha sido Dios quien ha dado el incremento" (1Co.3:6). Una vida verdaderamente humana implica una vida imbuida por el convencimiento de que "Mi destino está en Tus manos" (Sal.30:16). Y, en lo relativo a las relaciones del individuo con el estado, quiere decir reconocer límites a la aplicación de las leyes del estado.

Es evidente que la concepción católica de la vida no es ni pietista ni quietista, una actitud de indiferencia a los asuntos públicos o de preocupación exclusiva por las almas. Cristo también debe ser el Señor de la esfera pública terrena. La faz de la tierra debe llevar el sello de Cristo, no sólo en las almas de los individuos, sino también en la estructura de los estados y en sus legislaciones [...]

La decisión más importante de la humanidad, la encrucijada en la que se encuentra hoy en día la humanidad [...] implica abandonar el "sobredimensionamiento" de la esfera humana y acabar con el rechazo de nuestra naturaleza como criaturas. Es una decisión que necesita una conversión total a Cristo (pp. 47-50).

cf. Dietrich von Hildebrand: The New Tower of Babel. Modern Man's Flight From God, Manchester, New Hampshire: Sophia Institute Press, 1994 (1953), 217 pp. ISBN: 0-918477-22-0, pp. 9-50

Quince años después, el Beato Papa Pablo VI nos enseñaría que:
La religión del Dios que se ha hecho Hombre se ha encontrado con la religión -porque tal es- del hombre que se hace Dios ¿Qué ha sucedido? ¿Un choque, una lucha, una condenación? Podía haberse dado, pero no se produjo. La antigua historia del samaritano ha sido la pauta de la espiritualidad del Concilio. Una simpatía inmensa lo ha penetrado todo. El descubrimiento de las necesidades humanas -y son tanto mayores, cuanto más grande se hace el hijo de la tierra- ha absorbido la atención de nuestro sínodo. Vosotros, humanistas modernos, que renunciáis a la trascendencia de las cosas supremas, conferirle siquiera este mérito y reconocer nuestro nuevo humanismo: también nosotros -y más que nadie- somos promotores del hombre [...]

Otra cosa debemos destacar aún: toda esta riqueza doctrinal se vuelca en una única dirección: servir al hombre. Al hombre en todas sus condiciones, en todas sus debilidades, en todas sus necesidades. La Iglesia se ha declarado casi la sirvienta de la humanidad [...]

La mentalidad moderna, habituada a juzgar todas las cosas bajo el aspecto del valor, es decir, de su utilidad, deberá admitir que el valor del Concilio es grande, al menos por esto: que todo sea dirigido a la utilidad humana; por tanto, que no se llame nunca inútil una religión como la católica, la cual, en su forma más consciente y más eficaz, como es la conciliar, se declara toda en favor y en servicio del hombre.


Cfr. Beato Papa Pablo VI, Homilía de clausura de la IV etapa conciliar: "La Iglesia al encuentro del hombre", 7 de diciembre de 1965: AAS 58 [1966], pp. 55-57).

Y así, algunos años más tarde, el reverendo padre Karl Rahnner SJ nos explicaría que:
"Lo más importante de este concilio no es la letra de los decretos que ha promulgado. Aún deben ser encarnados en vida y obra por todos nosotros. Es su espíritu, sus tendencias más avanzadas, eso es lo verdaderamente importante."

Cfr. Anton Holzer: VatiKanum II. Reformkonzil oder Konstituante einer neuen Kirche, Basilea: Saka Verlag, 1977, p. 324

El contraste entre el artículo de Dietrich von Hildebrand y el sermón del beato Pablo VI (retomado por el papa Francisco) es sangrante. No niego la existencia de una cierta "hermenéutica de reforma en continuidad con la tradición viva". Lo que sí niego es que pueda aplicarse a una parte nada desdeñable del magisterio común de los pontífices posconciliares.

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