-Y me viene a la mente decir algo que puede ser una insensatez, o quizás una herejía, no sé. Francisco, Jornada Unidad Cristiana. Fénix, 23-V-15
Hæc est hora vestra et potestas tenebrarum (Lc.22:53)

domingo, 24 de mayo de 2015

Dietrich von Hildebrand, 3

Immanuel Kant, 1724-1804

Seguimos con una selección de fragmentos del artículo "The dethronement of truth" del libro The New Tower of Babel, publicado por Dietrich von Hildebrand en 1951. Como en veces anteriores, la selección y traducción son mías.

Como vimos en la entrega anterior, al postular la voluntad de existir sobre la naturaleza de ser, el existencialismo de Sartre hace del hombre su propio dios, negando así su condición de criatura. Semejante punto de vista tiene dos causas. Una, el rechazo de la distinción aristotélica entre potencia y acto de ser, que no vamos a tratar ahora. Y otra, la negación del conocimiento objetivo, desarrollada de forma sistemática por Kant.

En el gigantesco sistema kantiano hallamos una inversión completa del proceso y naturaleza del conocimiento. Según Kant, el conocimiento no debería ser entendido como la comprensión de un ser tal y como es objetivamente -una posesión espiritual o una participación consciente en su ser- sino como un proceso de construcción intelectual del objeto de nuestro conocimiento.

Así, por esta deformación de la noción de conocimiento -una deformación que supone la negación de la naturaleza del conocimiento- resulta que Kant es tan inconsistente como cualquier otro escéptico o relativista. Mientras por un lado afirma que el conocimiento consiste en la construcción intelectual de un objeto, por otro no sólo no nos ofrece una construcción intelectual del conocimiento sino que, muy al contrario, afirma que ha descubierto la verdadera, la auténtica naturaleza del conocimiento. Por eso, presenta su conocimiento de la naturaleza del conocimiento como un conocimiento en el sentido clásico del término. Claramente, como todo escéptico, Kant acaba condenado a la inconsistencia porque, al intentar negar la existencia del ser, la verdad o el conocimiento, necesariamente, [por la propia naturaleza de sus afirmaciones] los presupone.

De hecho, habiendo negado el conocimiento de cualquier realidad metafísica objetiva, Kant introdujo la peligrosa noción del postulado, reemplazando la verdad con la necesidad. Ahora ya no se aceptan los elementos metafísicos fundamentales por su verdad -esto es, por su realidad- sino por su necesidad para la ética. Este giro a favor del postulado, o este reemplazo de la verdad por una presuposición necesaria, ya apareció en su Crítica de la razón pura.

El gran objetivo del sistema kantiano fue salvar las matemáticas y la ciencia del escepticismo de Hume o, como él mismo decía, probar la existencia de los juicios sintéticos a priori en matemáticas y en las ciencias. Así, de alguna forma, todo el trabajo kantiano tiene un carácter apologético. En lugar del ansia pura de verdad y de la pregunta genuina de Platón y Aristóteles, en lugar de la exploración sin distorsiones del ser como tal, los principales elementos metafísicos y epistemológicos son observados desde la perspectiva de un objeto tan relativamente contingente y secundario como la ciencia. Mientras Platón descubría en su Menón la existencia de una verdad objetiva absoluta independiente de la experiencia (en el sentido de observación e inducción), Kant estaba preocupado construyendo un sistema que justificara la existencia de los juicios sintéticos a priori. Y, a causa de un juicio a priori, acabó sacrificando la nocion de verdad objetiva en el altar de la ciencia.

Grande y profunda como es su "deducción trascendental" como método, como análisis de la experiencia concreta por medio de un ahondamiento cada vez mayor dentro de sus presupuestos metafísicos, es el caso típico del cirujano que afirma que la operación ha sido todo un éxito -pero que, desgraciadamente, el paciente ha muerto. Así, abandonadas las nociones del conocimiento como la comprensión del ser tal como es objetivamente, y de la verdad como algo independiente la mente humana, la existencia o no de los juicios sintéticos a priori se convierte en irrelevante.

Según Kant, el libre albedrío, la inmortalidad del alma, e incluso la existencia de Dios, ya no tendrían que ser probados como hechos reales y verdades profesadas, sino que sólo habría que asumir que existen porque sin ellos no se puede hacer nada. Esta sustitución de la verdad por la necesidad práctica es una perversión de consecuencias muy graves. Los hechos más importantes de los que depende todo lo demás dejan de ser estudiados bajo el punto de vista de la verdad para pasar a ser estudiados bajo el punto de vista de su necesidad para un sistema ético dado. Se ignora de forma expresa todo lo relacionado con la verdad. Es una inversión completa de la verdadera jerarquía del ser. La verdad ya no es el fundamento de nuestras actitudes por el hecho de ser cierta, sino que aceptamos un hecho como si fuera cierto porque lo necesitamos como fundamento de nuestra vida moral (pp. 65-67).

Un postulado [...] no es producto del proceso de inferencia de una causa a partir de sus efectos. Es, más bien, una asunción que nos vemos obligados a hacer para salvaguardar por razones prácticas (en sentido amplio del término) algo que no podemos sacrificar. Lo postulado muestra la misma suspensión en el aire que el imperativo categórico kantiano; tan importante y fundamental como es el descubrimiento del carácter categórico de la obligación moral, es insatisfactorio el desinterés por la procedencia del imperativo categórico mismo. Kant priva al imperativo categórico de su fundamento ontológico e, incluso, ve en esta privación la condición de su validez objetiva.

Nada garantiza la existencia de un postulado. Muy al contrario, su postulación supone la eliminación del concepto de verdad y su reemplazo por el concepto de necesidad práctica. Sin preguntarnos cómo es en realidad, lo aceptamos a causa de su papel indispensable en nuestra vida (p. 68).

[E]l postulado supone la suspensión de la noción de verdad y su reemplazo por la noción de necesidad práctica. Al refugiarnos en la noción de postulado, aceptamos las verdades metafísicas no por su manifestación en sí mismas, en su verdad intrínseca y carácter clásico, sino porque actuamos "como si" así fuera porque "no podemos seguir [construyendo nuestras hipótesis] sin ellas".

Se trata de una línea que lleva lógicamente desde el postulado hasta la "filosofía del como-si" de Vaihinger y el pragmatismo. No es difícil ver que esta línea está ganando cada vez más aceptación, y que la actitud que se desprende de esas teorías ha contribuido en gran medida al destronamiento de la verdad (pp. 70-71).

Kant disuelve el verdadero significado del conocimiento como comprensión objetiva del ser tal y como es realmente -o, para usar el vocabulario tradicional, como la participación consciente en la naturaleza misma del ser- reemplazándolo con la noción de construcción [intelectual] del objeto. Hay que recalcar una y otra vez que esta afirmación implica una contradicción inmanente. Kant afirma comprender la naturaleza del conocimiento tal y como es realmente, no pretende ofrecernos una mera construcción subjetiva de lo que es el conocimiento. El hecho de que él considere su tesis como un descubrimiento fundamental, como un "giro copernicano", lo demuestra claramente. Así, nos hallamos ante una contradicción inmanente en la interpretación del conocimiento, similar a la de cualquier otro relativismo en relación con la verdad objetiva. Al afirmar que nos está mostrando la verdadera naturaleza del conocimiento, Kant presupone precisamente la misma noción de conocimiento que está negando en el contenido de su tesis.

Del mismo modo, esta contradicción se puede ver claramente en el pragmatismo. Cuando el pragmatista asegura que la verdad no significa otra cosa que utilidad y que una proposición [sólo] es cierta cuando es útil para apoyar nuestras tareas prácticas, está presuponiendo implícitamente la [noción de] verdad precisamente con su significado real. Aunque el pragmatista quiera demostrar que la verdad no es nada más que utilidad, [no le queda otro remedio que] reconoce[r] que al menos esa afirmación no sólo es útil sino que además es cierta. Si lo negara, [al no ser cierto] el significado de su afirmación se desmoronaría por completo. Del mismo modo, se refiere a la verdad en su verdadero sentido en todas sus premisas y conclusiones. Además, al argumentar en favor de sus tesis, el pragmatista presupone tácitamente que sus premisas se corresponden con la realidad, y en sus conclusiones presupone la verdad de los principios de la lógica. Incluso la afirmación misma de que una idea es útil presupone la verdad, dado que implica que esa idea es verdaderamente útil.

Todos los intentos de negar la verdad objetiva y de cambiar su significado, o el significado del conocimiento, suponen necesariamente una contradicción inmanente porque la verdad y el conocimiento son datos elementales, básicos, evidentes, supuestos en cualquier afirmación y tesis. Quien intente negar estos datos básicos actúa como aquel hombre que pretendía saltar detrás de sí mismo (pp. 81-82).

cf. Dietrich von Hildebrand: The New Tower of Babel. Modern Man's Flight From God, Manchester, New Hampshire: Sophia Institute Press, 1994 (1953), 217 pp. ISBN: 0-918477-22-0, pp. 65-82.

Más que descubrir la realidad, el pragmatismo kantiano pretende construir conocimientos. Más que predicar el Magisterio, el enfoque eminentemente pastoral de la nueva evangelización del tercer milenio pretende acompañar los distintos itinerarios de fe, especialmente los más "periféricos", los más aberrantes. Uno y otro coinciden en la negación práctica de la verdad.

En el caso kantiano, no existe la realidad sino opiniones "necesarias". En el caso de la llamada forma conciliar de la religión católica, expresión del beato Pablo VI, no existe tanto la doctrina cuanto una praxis misericordiosa según el espíritu del Concilio. Un espíritu del Concilio que debe de ser interpretado a través de una hermenéutica de reforma en continuidad con la tradición viva. Una tradición que estará tanto más viva cuanto más basada esté en la inculturación, variable según época y lugar.

Rechazada la realidad en favor de una opinión "necesaria", interpretado el Magisterio según lo que en cada época y lugar se consensúe sinodalmente como pastoralmente misericordioso, la transmisión de la Tradición cesa y surge en su lugar, sustituyéndola, la transmisión del magisterio conciliar. Un magisterio conciliar dotado de su propia liturgia, catecismo y leyes. Sujeto a cambios limitados no por la naturaleza y contenido de la Tradición sino por consensos sinodales acerca de su interpretación pastoral según época y lugar.

En el mejor de los casos, el catolicismo de forma conciliar puede mantener una continuidad accidental con la Tradición. Equiparar una hermenéutica de reforma en continuidad con la tradición viva con la continuidad de la Tradición es una estafa intelectual. Un engaño largamente planeado y cuidadosamente ejecutado que consiste en sustituir la realidad con opiniones juzgadas como "necesarias".

El catolicismo conciliar ha abandonado a Aristóteles y Santo Tomás en favor de Kant. Los resultados hablan por sí solos.


No hay comentarios: